
Uno de los principales retos actuales es transitar lo más rápidamente posible hacia un modelo energético basado en fuentes renovables. A largo plazo esta transición no es una opción, o sino un cambio inevitable, dado lo limitado de las reservas de combustibles fósiles, que hoy representan el grueso de la oferta energética. En el futuro próximo pueden presentarse dificultades para mantener la provisión actual de recursos y, en particular, del petróleo, la principal fuente de energía en el mundo y absolutamente dominante en el transporte.
Sin embargo, la urgencia de reducir el uso de combustibles fósiles no se debe solo al agotamiento de las reservas, sino, aún sobre todo, a la imposibilidad de los ecosistemas de absorber los residuos generados y las graves consecuencias ecológicas que comporta. Como ya se ha analizado, la única posibilidad para limitar de forma drástica las emisiones de gases de efecto invernadero es dejar bajo tierra la mayor parte de las reservas de combustibles fósiles, y muy en especial las de carbón. Si se quieren evitar cambios climáticos extremos, no se puede esperar a que los combustibles fósiles se vayan agotando o a que su uso sea desplazado lentamente por otras tecnologías.
La transición energética no será fácil. Hacen falta grandes esfuerzos políticos y cambios sociales para acelerarla. En el pasado, la difusión a nivel mundial de nuevas fuentes de energía requirió muchas décadas, incluso para energías tan concentradas como los combustibles fósiles. Se necesitaron 60 años (de 1840 a 1900) para que el carbón pasara de cubrir el 5% del suministro energético mundial a superar el 50%. Y transcurrieron otros 60 años (de 1915 a 1975) hasta que el petróleo pasó de representar el 5% a alcanzar el 40%. Las nuevas energías renovables para producir electricidad en especial la eólica y la fotovoltaica han recibido apoyo en muchos países y han disminuido mucho sus costes económicos, pero en 2013 solo representaban en torno al 5% de la generación eléctrica mundial y una proporción mucho menor del total de usos energéticos.
Uno de los obstáculos más importantes para reducir el uso de combustibles fósiles es el incremento de la demanda de energía. Hoy, las nuevas energías renovables crecen a un ritmo importante, pero solo cubren una pequeña parte del aumento de la demanda global energética. Desde los inicios del siglo XXI, la fuente energética que más aumentó en términos absolutos fue el carbón, seguida de los otros combustibles fósiles.
Cada tecnología energética necesita infraestructuras, instalaciones y máquinas. Para desarrollar nuevas fuentes de energía no solo hace falta movilizar muchas inversiones, sino que las inversiones ya realizadas para otro entorno tecnológico (instalaciones de extracción de petróleo, centrales térmicas y nucleares, gasolineras, oleoductos, barcos de transporte petrolero, redes de distribución de gas, coches, camiones, aviones…) generan una fuerte inercia. Cuando, por ejemplo, se invierte en nuevas centrales térmicas de carbón o gas, se hace con la perspectiva de que duren al menos varias décadas.
Probablemente la revolución energética más prometedora es el paso de un modelo eléctrico muy centralizado, donde existen grandes unidades de generación de electricidad que luego se distribuye a través de las redes, a un modelo llamado de «generación distribuida». En este modelo las familias y empresas son pequeños centros auto productores de energía renovable (especialmente fotovoltaica) conectados a través de redes de distribución en las que vierten los excedentes cuando generan más electricidad de la que utilizan, y de las que obtienen electricidad cuando la situación es la contraria. Este modelo abre la posibilidad de democratizar la provisión de energía, una ventaja que, paradójicamente, explica algunas de las dificultades a las que se enfrenta su desarrollo, puesto que perjudica a los intereses económicos de las grandes empresas.
Respuestas globales y locales
Si una de las motivaciones del cambio energético es la protección frente a un problema global (la estabilidad climática es un bien público global), cabe preguntarse cómo se originará el impulso para esta transición. Idealmente un problema global requeriría decisiones globales. Ello se podría concretar en cuotas máximas obligatorias para cada país de extracción o uso de combustibles fósiles o de emisiones de CO2. Lo primero ni siquiera ha estado en la agenda política internacional; lo segundo sí, pero solo en la etapa de vigencia del Protocolo de Kioto, cuando se fijaron cuotas máximas de emisión obligatorias, pero solo para algunos países y sin capacidad efectiva para sancionar los incumplimientos. Los economistas son en general muy partidarios de impuestos sobre las emisiones de O2de carácter mundial, que, en caso de fijarse tipos elevados, serían un poderoso instrumento para reducir la demanda de combustibles fósiles y, además, generarían importantes fondos que podrían servir para redistribuir dinero desde los lugares de mayores emisiones a los lugares más pobres y a los más afectados por el cambio climático. Las dificultades políticas para una decisión de este tipo son, sin embargo, enormes, insalvables hasta el momento.
