Alternativas económicas ante la crisis ecológica

Alternativas económicas ante la crisis ecológica

El futuro parece demandar un cambio de paradigma económico. Algunas propuestas se centran en abandonar el crecimiento como objetivo y en adoptar alternativas más ecológicas, planteando escenarios menos consumistas con un nuevo modelo energético y de uso de los materiales. La crisis ecológica global, tanto por agotamiento de recursos como por degradación ambiental, es profunda y la mayor responsabilidad recae sobre las sociedades ricas. Su opulencia contrasta no solo con la situación de los países pobres, sino con la insatisfacción y a veces miseria de buena parte de su propia población. Todo indica que se necesitan importantes transformaciones en las formas de analizar y gestionar las cuestiones económico sociales. Parece preciso abandonar viejos paradigmas e imaginar futuros alternativos. A continuación, se exploran brevemente algunas orientaciones para el cambio necesario de los países ricos hacia sociedades más orientadas al bienestar de la mayoría de la población y a la sostenibilidad. No hay recetas mágicas y las dificultades son muy grandes, pero un futuro diferente exige plantearse hacia dónde ir.

En primer lugar, se precisan estrategias decididas para reorientar el uso de los recursos energéticos y materiales por sendas más sostenibles. En segundo lugar, es necesario reducir radicalmente la competencia febril por incrementar incesantemente el consumo propia de nuestras desiguales sociedades y tan funcional para el capitalismo como generadora de insatisfacción para limitar las presiones hacia un mayor uso de recursos. En tercer lugar, se necesita algo tan elemental como resituar correctamente los medios y los fines. Es decir, no parece atinado haber convertido la producción de bienes y servicios y el trabajo en fines en sí mismos y no en medios que posibiliten una buena vida.

Estas cuestiones están muy interrelacionadas. El uso sostenible de los recursos naturales exige no solo cambios desde las fuentes no renovables hacia los flujos derivados de la energía solar y una utilización mucho más circular de los materiales, sino también una moderación en el uso de los recursos. Esto entra en contradicción con una economía orientada hacia el objetivo del crecimiento indefinido y una cultura según la cual el nivel de consumo nunca es suficiente. Si se duda de la posibilidad y deseabilidad del crecimiento económico, las cuestiones distributivas adquieren más relevancia.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS PAÍSES RICOS

Todos los países, ricos y pobres, deberían sacar conclusiones de la crisis ecológica. En todas partes son relevantes cuestiones que se plantean en estas páginas, como el impulso a la energía solar, la equidad en la distribución o la crítica al PIB como objetivo económico. Sin embargo, se hace más referencia a los países ricos por su principal responsabilidad en los problemas ecológicos del mundo. Esto es así por su contribución histórica desproporcionada a problemas globales, como el cambio climático, que, además, con toda probabilidad afectarán más dramáticamente a los países pobres. También es así porque el nivel de consumo de los países ricos explica gran parte de los problemas ecológicos que ocurren en otros lugares del mundo, donde se extraen masivamente fuentes de energía y materiales y adonde se transfieren residuos materiales. El resultado es la degradación ambiental que afecta a sus ecosistemas y a la salud de sus habitantes.

Desde principios de la década de 1990 se ha utilizado principalmente en Latinoamérica el concepto «deuda ecológica» para referirse a los daños en el medio ambiente provocados por los países ricos y que recaen sobre el resto del mundo. Esta expresión fue utilizada incluso en la encíclica «Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común», presentada en junio de 2015 por el papa Francisco. Desde las naciones ricas raramente se reconoce esta deuda, que no es monetaria, aunque podría dar lugar a que los países pobres exigiesen, como mínimo, una transferencia de dinero de los países ricos como penalización por los pasivos ambientales generados y para financiar medidas de adaptación al cambio climático.

Es también en el mundo rico desde donde se ha difundido de forma arrogante una idea de progreso identificada con un modelo económico desigual, consumista y depredador de la naturaleza. Durante décadas fue frecuente dividir el mundo entre «países desarrollados» y «países en vías de desarrollo”, dando por supuesto que los segundos caminarán finalmente hacia una situación parecida a la de los primeros. Los estilos de vida y las tecnologías del llamado «mundo desarrollado» aparecían, así como un futuro posible y deseable de los segundos. El malestar social existente en los países ricos hace dudar de la deseabilidad del modelo; y la crisis ecológica, de la posibilidad de replicarlo sin agravar cada vez más la frágil situación del planeta, como ya está sucediendo con el rápido crecimiento de los países emergentes. Las naciones ricas han ocupado demasiado espacio ambiental. En función de esta evidencia es importante disminuir en el uso de la energía y de los materiales para reducir el agotamiento de los recursos y las presiones ambientales. Asimismo, esa decisión facilitaría el acceso de los países pobres a los recursos imprescindibles para garantizar una vida más digna. Los discursos ideológicos desde esos países también han tenido excesivo peso cuando la crisis social y ecológica invita a la humildad y al respeto hacia otras culturas y formas de vida.