
En 1968, el ecólogo Garrett Hardin (19152003) publicó un artículo titulado «La tragedia de los comunes». Desde entonces, esta expresión, también conocida como «tragedia de los bienes comunes» o «de los recursos comunes» o incluso «de la propiedad común», ha sido de las más utilizadas para el análisis de la degradación de los recursos naturales y del medio ambiente. El ejemplo más citado del artículo de Hardin es el siguiente. En una superficie de pasto abierta a todo el mundo, cada pastor, como ser racional dice el autor, decidirá aumentar su ganado mientras ello aumente sus beneficios. El aumento de utilidad que le proporciona al pastor añadir nuevas unidades de ganado provoca también un efecto negativo cuando se llega a una situación de «sobrepastoreo». Sin embargo, este efecto negativo no repercute solo sobre el pastor que toma la decisión, sino que se reparte entre todos los pastores. Y a pesar de que el efecto negativo total supere ampliamente el efecto positivo, el pastor aumentará el pastoreo mientras obtenga más beneficio individual. Pero como el resto de los pastores se guían por el mismo criterio, el resultado global es la ruina para todos ellos. En palabras del autor: «La libertad en un bien común (commons) lleva a la ruina para todos».
La conclusión del artículo sostiene que había dos alternativas para evitar la tragedia. Una era la privatización de los bienes comunes, solución que podía ser injusta, pero la e injusticia es preferible a la ruina total». La otra solución era la coerción estatal libremente aceptada. La problemática es real, pero el término utilizado y las conclusiones del artículo han creado más confusión que luz. Elinor Ostrom (1933-2012), premio Nobel en 2009, obtuvo el galardón en reconocimiento a sus trabajos sobre la gestión de recursos comunes. Para Ostrom el artículo de Hardin partía de una confusión conceptual, ya que describía no una situación de gestión comunal, sino de «acceso libre» o «abierto»; es decir, una situación en la cual cualquiera puede explotar el recurso sin estar sujeto a ningún tipo de acuerdo o norma. Muy diferente es una situación de propiedad común (o gestión comunal, ya que lo importante no es si existe o no propiedad formal, sino cómo se gestiona el recurso). Ostrom dedicó su vida académica a estudiar cómo se explotaban en la práctica recursos comunes en los que aparece un potencial conflicto, ya que las unidades que se pueden extraer son finitas y existe rivalidad (lo que una persona extrae ya no lo puede explotar otra). Su conclusión, y la de muchos otros estudiosos del tema, fue que puede producirse la ruina, pero también puede prevalecer la cooperación, dado el interés mutuo en preservar los ecosistemas de los que depende la extracción de recursos.
A lo largo de la historia y en la actualidad, muchas comunidades de regantes, pastores, pescadores y extractores de recursos forestales han auto gestionado de forma exitosa, los recursos comunes de los que depende su subsistencia. Estos recursos tun renovable e pueden gestionar de forma sostenible, pero no la presión es demasiado intensiva. Hay historias de fracasos c historias de cuto. Por qué en unos casos se fracasan y en otros no es una cuestión compleja que no responde a ninguna fórmula, aunque Ostrom escaló algunas condiciones que favorecían la cooperación frente a una competencia destructiva: la conciencia e información sobre los peligros de la sobreexplotación, la capacidad de comunicación entre los miembros de la comunidad, la confianza mutua, la capacidad de detección de los incumplimientos de las normas y de establecer sanciones a los incumplidores. Las normas pueden estar simplemente basadas en la tradición y las sanciones limitarse al ostracismo social, o ambas pueden estar más formalizadas y tener reconocimiento legal. Un ejemplo de este último caso son las comunidades de regantes de la huerta de Valencia, estudiadas por Ostrom, donde existen instituciones que se remontan a la época de los árabes gestores del regadío: síndicos escogidos por los propios agricultores que controlan los turnos y normas de riego (que varían en función de la sequía) y un tribunal de aguas que media en los conflictos y tiene capacidad de establecer multas cuando se detectan incumplimientos.
LA HUELLA DE CARBONO DE LA RESPONSABILIDAD
En un mundo globalizado es importante distinguir dónde se generan las emisiones para producir los bienes y dónde se consumen dichos bienes. ¿Quién es responsable de las emisiones que se generan en China para producir camisetas que se exportan a la Unión Europea? Según las estadísticas oficiales que se utilizan cuando se discuten compromisos internacionales, las emisiones corresponden a China. Pero las emisiones directa e indirectamente necesarias para mantener las demandas de los habitantes de la Unión Europea se han de asignar a esta comunidad política. Esta perspectiva, en el caso de las emisiones de gases de efecto invernadero, se conoce como la «huella de carbono». Para estimar la huella de carbono de un país se suman las emisiones generadas en el mismo y las generadas en el resto del mundo para producir los bienes que importa, y se restan las emisiones generadas en el país para producir bienes que se exportan a otros lugares. Las diferencias entre las emisiones generadas en un territorio y su huella de carbono pueden ser muy significativas. Los cálculos más fiables para 2008 apuntaban a que la cuarta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero de China podían deberse a su comercio internacional; es decir, a la diferencia entre las emisiones generadas en el país para producir bienes destinados a la exportación y las emisiones del resto del mundo para producir los bienes importados por China. En otras palabras, su huella de carbono es muy inferior a las emisiones dentro del país.
LA EXPORTACIÓN DE LOS DAÑOS AMBIENTALES
Las estimaciones para la mayoría de los países más ricos dan un saldo inverso. La huella de carbono de la Unión Europea en 2008era superior en un 32% a las emisiones en su territorio, mientras que en Estados Unidos ese porcentaje era del 16%. La problemática del desplazamiento de problemas ambientales se da no solo en el caso de las emisiones de gases de efecto invernadero, sino también en otras presiones ambientales. Cuando un país importa bienes cuya extracción o producción ha contaminado el medio ambiente de otros lugares, el importador «exporta» impactos ambientales. Un país puede mejorar su calidad ambiental perjudicando la de otros. Por ejemplo, se puede decidir no explotar el petróleo de un territorio, pero si su uso no disminuye no se evitarán los problemas de la extracción, sino que afectarán a las personas y los ecosistemas de otros lugares.
