
¿Cómo era la pampa que conocieron los europeos? En el siglo XVI estaba en su máximo esplendor lo que los climatólogos han dado en llamar «pequeña edad del hielo», que es un período donde las temperaturas medias mundiales fueron 1/2°o 1°C inferiores a las actuales, por lo tanto, sería de esperar que el cuadro climático de la pampa fuera muy parecido a la primera de las tendencias descritas, y que es siempre la más probable para ella. Esto es, un predominio del pampero con gran avance de la estepa semidesértica y del desierto hacia el norte y noreste, con la retracción de las condiciones de la estepa húmeda hacia las provincias del litoral. El clima del Paraguay. de Misiones y del Tucumán sería más suave y fresco. Por otra parte, la mayor humedad en los valles noroccidentales de la cordillera habría facilitado el poblamiento y prosperidad de esas zonas y tal vez, de Chile.
La pequeña edad del hielo finalizó a mediados del siglo xix. Casi todos los viajeros, científicos o no, que visitaron la pampa con anterioridad, coinciden en definir al territorio más allá del Salado como un desierto y, efectivamente, eso debería ser (en todo caso una estepa semidesértica) con prolongadas sequías, donde los médanos vivos asomarían aquí y allá. La travesía de Buenos Aires hacia Tandil y Bahía Blanca era considerada suicida sin baquiano, y el problema principal no era un encuentro casual con los indios, sino la falta de agua. Pero lo más notable es el rodeo de la frontera por el sur de Santa Fe. En el camino a Cuyo, el problema era salvar el bache entre el arroyo del Medio laguna de Melincué hasta llegar al río Quinto. Era otra temida travesía, necesaria también en el camino de Buenos Aires al norte y a Córdoba. Esa franja geográficamente angosta era un vacío.; Por qué los campos ubicados entre el pie de las sierras de Córdoba y San Luis y la banda occidental del Paraná no podían ser ocupados? Si hubieran sido aptos, aunque más no sea para criar ganado criollo, se hubieran llenado de estancias en el siglo XVIII. Sin embargo, los jesuitas, por ejemplo, que se dedicaron a la ganadería, tenían sus estancias en los valles de la sierra donde se concentraban las escasas lluvias por la acción de barrera climática que éstas ejercen sobre los vientos del noreste.
La ganadería en la época colonial, tanto vaquerías como estancias, estuvo circunscrita al litoral y a una estrecha faja junto al Río de la Plata. Tardó muchos años (recién en la época de Rosas) en llegar hasta el rio Salado. Al sur y al oeste de esa línea no «reinaba el salvaje». como generalmente se afirma: era una travesía, un vasto espacio vacío que no podía ser ocupado ni por los aborígenes ni por los blancos. Las bases de los indios, sus lugares más o menos permanentes, se ubicaban junto a una serie de lagunas de La Pampa, San Luis y sur de Mendoza, que recibían, como el río Desaguadero Curacó, parte de la abundante agua de deshielo que se corresponde con el cuadro climático expuesto. Las verdaderas concentraciones de población indígena estaban en la actual provincia del Neuquén y se desplazaban a lo largo de los ríos Negro y Colorado en el sur y, por el centro, sobre el sistema Desaguadero Curacó hasta las lagunas mencionadas donde tenían sus campamentos avanzados. Esta disposición demográfica es una evidencia clave de que la vasta región intermedia era un dominio no apto para el ganado vacuno y menos aún para el caballo, por el tipo de vegetación y por la ausencia de aguadas. Sólo el fandú y el guanaco, que pueden metabolizar esos pastos, eran habituales en esas soledades. Esto también explica la insistencia porfiada de los aborígenes por obtener caballos en el litoral, y el aprecio que sentían por ellos, ya que eran difíciles de criar y mantener en el desierto. Todas las referencias de los pocos científicos, (Agazziz, Darwin), que se asomaron a esta enmendad, coinciden con esa descripción. También los viajeros que la han atravesado sólo recuerdan penurias por falta de agua y los fuertes vientos (Ebelot Guinnard). Como referencias literarias sobre características (hoy desconocidas) del clima pampeano de entonces, se pueden citar dos que hemos hallado por casualidad. Eduardo Wilde, cuando habla de la costumbre porteña de bañarse en el Río de la Plata en verano, relata que el terror de los bañistas eran las tormentas de polvo que se levantaban súbitamente y malograban la laboriosa operación de aseo que habían terminado de concretar. Lynch, en su libro sobre Rosas, menciona, citando una carta del cónsul inglés, que hacia 1828 se moría el ganado en las estancias porque hacía cinco años que no llovía.
El regreso de la humedad, segunda conquista del desierto
A partir de principios de la década de los sesenta comienzan a notarse los efectos del regreso de la humedad y las lluvias más regulares en todo el ámbito pampeano. Este fenómeno es muy perceptible en La Pampa, a donde vuelve la agricultura por esa época, después de treinta años, primero tímidamente (trigo de secano) y luego con fuerza; ya aparecía el trigo, también por entonces, en el noroeste y sudoeste de Buenos Aires, que había sido zona de cría desde los cuarenta. Las causas inmediatas de tal humedecimiento del clima de la pampa las hemos esbozado al principio de este artículo, cuando tratamos de la formación del clima pampeano y que, básicamente, debería corresponderse con una tendencia al aumento de las temperaturas medias mundiales. Esta tendencia es reconocida recién hacia 1975 ya que, hasta ese entonces numerosos paleo climatólogos, trabajaban sobre la hipótesis de la tendencia contraria, basados en que el presente interglaciar, comenzado hace unos 12.000años habría tenido un máximo de calentamiento denominado «optimum climático» o «hypsitermal» hace entre 8.000 y 5.000 años.
