¿MEDIO O FIN? Y EL CUIDADO DE LOS RECURSOS AMBIENTALES

¿MEDIO O FIN? Y EL CUIDADO DE LOS RECURSOS AMBIENTALES

Una de los miles de los problemas actuales reside en un hecho tan simple como el de haber convertido en fines lo que son medios para satisfacer necesidades humanas: la producción de bienes y servicios y el trabajo requerido para ello. Para ser más precisos, las que se convierten en objetivos son las actividades económicas medidas en el PIB y el trabajo mercantil que se realiza bien a cambio de un salario o bien para obtener ingresos a partir de la venta directa de bienes y servicios. Otros trabajos, no remunerados, son normalmente olvidados en los debates económicos, tal como se ha explicado anteriormente. El trabajo tiene muchas dimensiones y con frecuencia posee componentes gratificantes y de autorrealización. Incluso en algunos casos la frontera entre trabajo y ocio no está clara. Sin embargo, el tiempo social de trabajo total remunerado o no debe considerarse básicamente como un coste para El crecimiento es disponer de bienes y servicios y no como un fin en sí mismo.

Muchos estudios concluyen que, para obtener una misma cantidad de electricidad con energías renovables, se requiere (directa e indirectamente) más mano de obra que con las energías basadas en recursos no renovables. Es muy probable que sea así, al menos en la actual situación tecnológica. A veces se celebra este resultado como una ventaja de la transición a energías renovables, ya que se crearán/más puestos de trabajo. En realidad, desde el punto de vista de la comparación de tecnologías, el argumento podría ser poco defendible: el mayor requerimiento de trabajo por unidad de energía obtenida significa una menor productividad del trabajo, y ello no es, en absoluto, una característica positiva. La transición energética es una prioridad para evitar los problemas de agotamiento de recursos y de degradación ambiental, pero no porque comporte más trabajo, sino, en todo caso, a pesar de ello.

Uno de los argumentos a favor del crecimiento económico, frecuente en debates políticos y sindicales, es: «sin crecimiento no hay empleo». Esta afirmación tan contundente, sin más matizaciones, es cuestionable. Cuando hay un elevado crecimiento, el empleo tiende a incrementarse de forma automática, incluso aunque esté aumentando la productividad laboral. En cambio, el efecto a corto plazo del estancamiento económico y aún más del decrecimiento suele ser la destrucción de puestos de trabajo y el aumento del desempleo. Es importante recordar, sin embargo, que cualquier nivel de actividad económica es compatible con el pleno empleo: todo depende de la duración de la jornada laboral. En muchos países el desempleo masivo coexiste con largas jornadas laborales, tanto de trabajadores con muy bajos salarios forzados a trabajar muchas horas, como de trabajadores bien pagados presionados por las empresas para que trabajen prácticamente sin horarios, como única vía de promoción en un marco extremadamente competitivo.

El desempleo y la desigual distribución del tiempo de trabajo, del mercantil y, por supuesto, del trabajo no remunerado, son resultado de un determinado marco institucional que no es nada fácil de cambiar, pero no puede verse como un resultado inevitable. En una economía en la que desapareciesen actividades consideradas poco útiles o nocivas social y ecológicamente se liberaría tiempo de trabajo social, lo que podría repercutir en desempleo, pero también podría traducirse en jornadas laborales más reducidas y más horas disponibles para otras actividades. Desde los inicios de la industrialización ha habido períodos históricos de importante reducción del tiempo de trapajo anual, pero en los últimos tiempos no se ha dado la misma tendencia y, en algunos casos, incluso se ha revertido. Sería importante adoptar políticas activas para limitar la jornada laboral.

Con este panorama es posible preguntarse cuál será el futuro de la «productividad del trabajo». Hay quienes están tan impresionados por los avances en la automatización que casi suenan con el fin del trabajo». Posiblemente se verán muchos avances en este sentido, pero se impone la prudencia. Una economía ecológicamente más sostenible bien podría comportar, en algunos casos, tecnologías más intensivas en trabajo, como se ha apuntado para el sector energético y como puede ser en otros sectores, tales como la agricultura ecológica o la recuperación de materiales. Además, se puede prever que en muchos países aumentará la necesidad de servicios personales, como el cuidado de ancianos, en los que la «productividad» es difícil que aumente si no es a costa de degradar la calidad de la atención. Al contrario, podría ser deseable una menor «productividad o derivada de una atención más personalizada.

En resumen, es difícil determinar cuáles serían los requerimientos de trabajo futuro en una sociedad más sostenible y más orientada al bienestar social. Seguramente serían jornadas laborales mucho más reducidas, pero, en cualquier caso, las políticas deberían poner el foco en distribuir de forma equitativa el trabajo social, el remunerado y el no remunerado, y en proteger adecuadamente a quienes no dispongan de ingresos mínimos que les permitan vivir dignamente.