
Otras posturas son las llamadas biocéntricas, en las cuales el énfasis es más abarcador y apunta a colocar los valores propios en la vida, sea en individuos, especies o ecosistemas. En parte se superponen con las posturas ecocéntricas, pero van más allá de una mirada ecosistémica, ya que reconocen que existen valores intrínsecos, y éstos son propios de la vida, tanto humana como no humana. En este caso se defienden valores propios en los seres vivos, el soporte no vivo, e incluso en los ambientes, paisajes o ecosistemas en general. Además, el desarrollo de los procesos vitales y evolutivos, sin interferencia humana, es un valor en sí mismo. No se niegan las valoraciones humanas, sino que a ellas se le suma el reconocimiento de los valores intrínsecos en lo no humano. La discusión que se resumió arriba sobre los valores intrínsecos ofreció aportes esenciales, ofreciendo distintas vías de fundamentación. Algunas personas llegan al biocentrismo desde la defensa de la vida silvestre, otros preocupados por los derechos de los animales, y así sucesivamente.
Los antecedentes del biocentrismo pueden encontrarse en las posturas románticas y trascendentalistas frente a la Naturaleza, expresadas sobre todo por R.W. Emerson y H.D. Thoreau en Estados Unidos. Le siguieron las propuestas de conservación de John Muir, que contenían distintos aspectos que pueden calificarse como biocéntricos. A éste le sigue Aldo Leopold, que las elaboró todavía más, y dejó una influencia importante en las posturas ecocéntricas y biocéntricas, en la moderna biología de la conservación, y en las prácticas de muchos ambientalistas (una revisión sobre su vida y posturas se encuentra en Lutz Newton, 2006; un análisis sobre sus ideas en los ensayos recopilados por Knight y Riedel, 2002). Existieron también algunas expresiones latinoamericanas de sensibilidades trascendentalitas, incluso panteístas, frente a la Naturaleza. El caso más destacado fue el narrador y poeta boliviano Manuel Céspedes Anzoleaga (que firmaba como Man Césped), quien concibe los demás seres vivos como «hermanos” e incluso aspira a volverse parte de la Naturaleza.
Pero cabe destacar la obra de Aldo Leopold que fue muy significativa e impactó decididamente en las discusiones actuales. Fue una figura singular ya que se formó inicialmente en las vertientes clásicas del manejo forestal, y fue un promotor clave en el nacimiento del wildlife management. La evaluación de sus propias prácticas, el descubrimiento de manejos no convencionales basados en saberes locales (como algunos campesinos e indígenas en México) y otras circunstancias, le llevaron a alejarse más y más de las perspectivas convencionales y a buscar un manejo tecnológico eficiente y seguro de los ecosistemas. Transitando este camino, Leopold llega a postular en su clásico libro de 1949 una “ética de la tierra”.
El “obstáculo clave» para llegar a una “ética de la tierra» es, según Leopold, lograr «dejar de pensar en el uso apropiado de la tierra como un problema exclusivamente económico”. Considera que es «inconcebible que pueda existir una relación ética con la tierra sin amor, respeto y admiración por ella, y sin un alto aprecio de su valor», donde por valor se refiere a “algo más amplio que la simple utilidad económica; me refiero al valor en sentido filosófico». Advertía que las personas están distanciadas de la tierra por intermediarios tecnológicos y sucedáneos sintéticos, habiendo “dejado atrás a la tierra”.
No olvidemos que este tipo de advertencias y críticas, que hoy en día tienen un eco mucho mayor, fueron expresadas por Leopold en la década de 1940, y por lo tanto su aceptación fue limitada. Leopold avanzó todavía más al señalar que la “causa de la ética de la tierra parecería perdida si no fuera por la minoría que se ha levantado en obvia oposición a esas tendencias ‘modernas”. Las posturas de Leopold fueron rescatadas y puestas en el primer plano de la discusión en la década de 1980, tanto en el campo de la ética ambiental como en la biología de la conservación. En aquellos mismos años se difunden las ideas de la «ecología profunda», del filósofo noruego Arne Naess,las que alcanzaron mucha influencia en varios países del hemisferio norte, y más lentamente en América Latina. Esta formulación se aplicóa la biosfera, de manera que incluye tanto a las especies como a los elementos inanimados de los ecosistemas, y por lo tanto es una alternativa a posturas fragmentarias e incluso no contradice ideas que no son occidentales, como la de Pachamama, sostenida por algunos pueblos indígenas. Se buscó disolver la separación entre persona y ambiente, apelándose a una ampliación del si mismo; esta postura es análoga a la que se encuentra en algunas cosmovisiones indígenas en las que las personas están insertadas en un continuo con la Naturaleza.
No es posible revisar en detalle toda la diversa discusión sobre la ecología profunda por limitaciones de espacio, pero una excelente introducción y revisión de las ideas de Naess ha sido sistematizada y analizada desde Argentina por Bugallo. A medida que la perspectiva de la “ecología profunda” ganó mayor difusión, se mezcló de distintas maneras con las ideas de la «ética de la tierra” de Leopold, tiñó algunas facetas del ambientalismo, y en particular a la naciente biología de la conservación. Hay quienes otorgan un mayor peso a la evolución y la ecología, donde no necesariamente se reconoce un igualitarismo radical entre todos los seres vivos Agar, y otros señalan que la creciente complejidad en algunas especies implica status morales diferentes; una revisión de varias de estas tendencias en Attfield.

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