
Al profundizar el examen de los problemas ambientales actuales, siempre se encontrará que, de distintas maneras, a veces explícitamente y en otras ocasiones disimuladamente, están en juego valoraciones sobre el entorno. Las distintas estrategias de desarrollo, al aprovechar los recursos naturales expresan también valoraciones sobre el ambiente. Es así que el antropocentrismo dominante en la actualidad lleva a controlar y manipular la Naturaleza para asegurar el crecimiento económico. A su vez, las alternativas que se barajan también defienden otras valoraciones del entorno; las posturas de respeto frente a la Naturaleza obligan a rediscutir la ética sobre el ambiente. Por lo tanto, de una u otra manera, la cuestión de los valores siempre está presente en la problemática ambiental. Estos son valores independientes de los intereses y utilidades humanos. El repaso histórico hecho en el capítulo anterior presentó el surgimiento de quienes defienden los valores propios. En el presente capítulo se examina este mismo asunto con mayor detalle.
Ética, moral y valor
Antes de avanzar es necesario presentar dos precisiones. La primera es una distinción de trabajo que se seguirá en toda esta obra, diferenciando por un lado, el campo de la ética del de la moral. El primero se refiere a los valores y las valoraciones. En nuestro caso específico aborda cómo se reconocen o no los valores en el ambiente, cuáles son éstos valores, cuáles son sus atributos, tipos, etc. Un ejemplo es la alternativa entre entender que sólo los humanos pueden otorgar valores al ambiente, y que éstos son esencialmente referidos a su utilidad, o en cambio, aceptar que existen valores intrínsecos independientes del humano. El segundo campo, la moral, aborda las posiciones, códigos o guías normativas, tales como aquellas sobre lo correcto o incorrecto. Esto se refiere, por ejemplo, a si es correcto o incorrecto contaminar un río o talar un bosque. Es cierto que las distinciones entre ética y moral son complejas, ya que han sido abordadas de variada manera por distintos autores. Pero como esta obra no es un ensayo filosófico, sino que discute cuestiones ambientales, esta distinción de trabajo es muy útil, es sencilla y además permite aplicaciones prácticas concretas.
La segunda precisión se refiere al uso del término valor, una palabra con significados amplios y controvertidos. En castellano, se refiere a la utilidad o aptitud de una cosa para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite, significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase, cualidad por la cual se da cierta suma de dinero o equivalente, etc. Todas esas cuestiones fueron agrupadas en los estudios sobre el valor y la valoración, incluyendo temas que provenían de la economía, jurisprudencia, ética, estética, etc. El valor, como sustantivo, es un concepto abstracto para ideas que refieren a atributos que valen la pena, revestidos de importancia, eventualmente deseados o que son correctos, etc. En esos casos alude a indicadores, casi siempre numéricos, expresados en distintas escalas de medición. Pero valor también se usará en esta obra al abordar los debates en ética ambiental (bajo la perspectiva indicada arriba). Bajo ese abordaje se encontrarán diferentes valores frente al ambiente o a sus componentes, a partir de distintas formas de entender o sentir, por ejemplo, un río, un venado o un puma. De esta manera, un asunto central son las formas de valoración, la discusión sobre lo que es objeto o sujeto de valor, y cómo estos se expresan. Estos temas son los que articulan buena parte de los debates en el presente libro.
Se rompe con el utilitarismo antropocéntrico. Se reconoce y defiende que las especies pueden desarrollar sus proyectos de vida y que persistan los ecosistemas, y que todo esto es un derecho en sí mismo. Es importante advertir que ese paso hacia los derechos de la Naturaleza, no niega ni altera los contenidos referidos a los derechos ciudadanos a un ambiente sano, conocidos usualmente como derechos humanos de tercera generación. Estos últimos son los que prevalecen en la normativa de casi todos los países latinoamericanos. Tan solo es necesario tener presente que estos derechos clásicos a un ambiente sano tienen su foco en las personas: son derechos humanos, y se cuida de la Naturaleza.
El biocentrismo
El biocentrismo no quedó restringido a una discusión entre filósofos y militantes ambientalistas, sino que afectó diversas discusiones sobre conservación y políticas ambientales. El ser humano pasa a ocupar otro sitio, y se lo interpreta como una parte de la comunidad de la vida; es uno más junto a las demás especies vivientes y no está por encima de ella. Si bien se mantienen los compromisos con los derechos fundamentales como la libertad, esta nueva proposición pone en jaque al antropocentrismo clásico según el cual el ser humano está por encima del ambiente. La estrategia agrega que el “desarrollo humano no debe amenazar la integridad de la naturaleza ni la supervivencia de otras especies. Esta postura genera obligaciones y responsabilidades más allá de fronteras, culturas e identidades; “se trata de un deber individual y colectivo”. En la misma línea se encuentra el compromiso ético de la sociedad civil en sus reuniones paralelas a los gobiernos en la Eco’92.
De esta manera poco a poco, las posturas biocéntricas se difundieron a nivel global, y alcanzaron América Latina, a nivel de distintos militantes, organizaciones ciudadanas, académicos, etc. Parte de esas influencias se evidencian en las siguientes secciones y otros capítulos del presente libro. De todos modos, debe reconocerse que el biocentrismo en general, como la ecología profunda en particular, fueron criticadas en su momento desde el seno del ambientalismo. Los casos más conocidos provinieron de la escuela de la «ecología social» de talante libertario defendida por Bookchin (por ejemplo, Bookchin, 1987), señalando un excesivo individualismo y cierto desinterés en cuestiones sociales y políticas. Asimismo, algunos autores del sur cuestionaron lo que interpretaban como actitudes de superioridad occidental frente a otras culturas, o la incapacidad para entender que, en distintas regiones, la Naturaleza también incluía comunidades humanas y era un producto histórico social (es el caso de Guha, 1989).
