Contaminación lumínica: cómo el mundo perdió la noche

Contaminación lumínica: cómo el mundo perdió la noche

La Tierra brilla un 16% más que en 2014. La mitad de Europa y un cuarto de Norteamérica ya no conocen la oscuridad real.

Hubo un tiempo en que cualquiera, al mirar hacia arriba, veía millas de estrellas. Ese cielo se está apagando, y el responsable tiene nombre: la contaminación lumínica . Se define como la emisión de luz artificial nocturna en intensidades, direcciones o rangos espectrales innecesarios, cuya manifestación más visible es el resplandor del cielo producido por la dispersión de esa luz en la atmósfera. Luz que va hacia arriba y hacia los costados, donde no hace falta, y que borra el firmamento. 

Un cielo cada vez más brillante

La tendencia está medida y va en una sola dirección. Entre 2012 y 2016, la iluminación artificial nocturna creció un 9,1 % a escala global. Un estudio posterior publicado en la revista Nature, basado en imágenes satelitales procesadas con la herramienta Black Marble de la NASA, calculó que el planeta se iluminó un 16 % entre 2014 y 2022. 

Y hay motivos para pensar que la cifra se queda corta. Cuando una ciudad cambia el alumbrado de sodio por LED blancos, el satélite puede registrar la zona como más oscura aunque para el ojo humano sea más brillante, según explicó Christopher Kyba, especialista en teledetección de luz nocturna. El deterioro real, medido desde el suelo, sería mayor. 

Qué le hace a la fauna

El daño ecológico es amplio y específico. La contaminación lumínica amenaza al 30 % de los vertebrados y al 60 % de los invertebrados nocturnos, con efectos sobre fauna, flora y microorganismos. Desorienta a las aves migratorias, altera los ciclos reproductivos de los animales nocturnos e interfiere incluso en la fotosíntesis de las plantas. 

Hay casos que lo vuelven tangibles. La luz artificial en las playas confunde a las crías de tortuga marina, que dependen de la oscuridad para orientarse hacia el mar. Un estudio publicado en Science, liderado por investigadores de la Universidad de Gävle y el Instituto de Ecología de los Países Bajos, advirtió que el aumento del brillo erosiona la oscuridad natural hasta invadir áreas protegidas, terrestres y marinas. 

El cuerpo también lo siente

Las personas no quedan afuera. El exceso de luz nocturna altera los ritmos circadianos, genera problemas de sueño y se asocia a un mayor riesgo de ciertas enfermedades. El organismo humano evolucionó con un ciclo de día y noche; cuando la noche desaparece, esa maquinaria interna se desajusta.

A eso se suma el desperdicio. Iluminar de más, mal dirigido, es energía tirada, con su correspondiente huella de emisiones.

La trampa del LED

Acá aparece una paradoja contraintuitiva. La tecnología eficiente, que debería ahorrar, muchas veces dispara el consumo. Es un efecto rebote con fondo: cuando la iluminación se vuelve más eficiente y barata, en lugar de reducir el gasto se iluminan regiones antes oscuras o se prende el alumbrado desde el atardecer. El Lero costo del LED, lejos de apagar luces, subió mucho más. 

El resultado se ve desde el espacio. El aumento sostenido de la luz nocturna provocó que la mitad de Europa y un cuarto de Norteamérica sufran una «pérdida de la noche» generalizada. 

La salida, a diferencia de otras contaminaciones, es relativamente sencilla y reversible: apuntar las luminarias hacia abajo, usar tonos más cálidos, apagar lo innecesario y regular el alumbrado. La oscuridad, cuando se la deja volver, regresa rápido. Lo que falta es decidir recuperarla.

El precio de no hacer nada

Acá la cuenta económica se vuelve elocuente. La inacción en la gestión de residuos cuesta caro a la salud, las economías y el medio ambiente, y se proyecta que supere los 600.000 millones de dólares anuales para 2050. Las alternativas, en cambio, ahorrarán. El modelo muestra que poner los residuos bajo control mediante prevención y gestión podría limitar los costos netos anuales a 270.200 millones de dólares en 2050. Y un modelo de economía circular, que desacople la generación de residuos del crecimiento económico, podría generar una ganancia neta de 108.500 millones de dólares por año. 

Tres futuros sobre la mesa

El informe no se limita a describir el problema: pone números a las salidas. En el escenario de economía circular, hacia 2050 el volumen de residuos sólidos urbanos podría reducir de más de 4.500 millones de toneladas anuales a menos de 2.000 millones. Ese mismo escenario erradica el diseño no controlado —el que se tira o se queda a cielo abierto— y reduce el vertido en más de un 40 %. Continuar con las prácticas actuales costaría más de 417.000 millones de dólares al año en 2050, frente a menos de 255.000 millones en el escenario circular. Reducir y reciclar, además de cuidar el ambiente, evita un descontrol de los costos. La conclusión que deja el panorama es incómoda ya la vez esperanzadora: la basura es un problema de magnitud creciente, pero las herramientas para domarlo existen y, según los propios cálculos, conviene económicamente usarlas. El próximo balance global mostrará qué países empezaron a tratar sus residuos como recurso y cuáles siguieron enterrándolos.