El Chagas se expande con el cambio climático y el avance del modelo extractivo

Rastro de huellas de aves acuáticas marcadas en el barro seco de un humedal.

Durante años, la enfermedad de Chagas fue vista como un mal del pasado, relegado a zonas rurales y viviendas precarias. Sin embargo, su presencia sigue siendo una amenaza silenciosa, crónica y poco diagnosticada. Hoy, lejos de retroceder, se está reconfigurando en nuevos territorios, impulsada por transformaciones ambientales profundas: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el avance implacable de la frontera agroindustrial.

El parásito que la provoca, Trypanosoma cruzi, se transmite a través de un ciclo complejo que involucra a insectos vectores, animales silvestres y humanos. No se trata de un simple problema sanitario: es también una consecuencia directa de cómo intervenimos los ecosistemas. Deforestamos, arrinconamos especies, fragmentamos hábitats. Y ese desorden tiene efectos biológicos impredecibles, pero cada vez más visibles.

Chagas: una enfermedad que avanza sin hacer ruido

Lo más preocupante del Chagas es su carácter sigiloso. Puede estar presente en el cuerpo durante años sin provocar síntomas notorios. Cuando finalmente se manifiesta, lo hace a través de complicaciones graves: insuficiencia cardíaca, arritmias, o incluso afecciones digestivas como el megaesófago. En muchos casos, los pacientes descubren la infección solo cuando ya es tarde.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, más de 100 millones de personas en América están en riesgo de contagiarse. Cada año se reportan 30 mil nuevos casos, pero se estima que hay un subregistro significativo. Cerca de 12 mil personas mueren anualmente por causas asociadas, y más de nueve mil niños nacen infectados por transmisión vertical.

Colombia, por ejemplo, enfrenta prevalencias del 2 al 4 % en regiones como los Llanos Orientales, Santander o Cundinamarca. Pero las cifras podrían ser mayores, advierten expertos, ya que muchos casos ni siquiera llegan a los sistemas de salud.

Vectores, reservorios y desequilibrio ambiental

El insecto que más comúnmente transmite el parásito es el Rhodnius prolixus, conocido como “pito” o “chinche besucona”. Su mecanismo es insidioso: al picar, defeca sobre la piel, y el parásito entra al cuerpo a través del rascado involuntario. En áreas rurales, la falta de formación médica para detectar esta vía de contagio agrava el problema: infartos o afecciones cardíacas pueden pasar desapercibidos como manifestaciones del Chagas.

Pero el insecto no actúa solo. La naturaleza está llena de reservorios del parásito. Murciélagos, zarigüeyas, armadillos y otros mamíferos pueden portarlo sin enfermarse, manteniéndolo activo en el ambiente. Incluso en anfibios se han encontrado formas de tripanosomas con una morfología gigantesca, comparada con la de los parásitos en mamíferos. Aunque muchos de estos animales no desarrollan la enfermedad, su cercanía con los entornos humanos —forzada por la destrucción de su hábitat— facilita el salto de la zoonosis a las personas.

La profesora Nubia Matta, investigadora colombiana especializada en parásitos, insiste en que este ciclo complejo ha sido alterado por las decisiones humanas. La expansión urbana, la agricultura intensiva y la caza sin control han reconfigurado las relaciones entre vectores, hospedadores y personas. “La zarigüeya, por ejemplo, es un eslabón importante del ecosistema: recicla materia orgánica y dispersa semillas, pero ha sido injustamente estigmatizada como culpable del Chagas”, advierte.

El cambio climático como acelerador invisible

Uno de los factores que más está ampliando la distribución del vector es el cambio climático, fenómeno originado por la actividad humana y sobre el cual han advertido las organizaciones ambientalistas del mundo, como Greenpeace. El aumento de la temperatura media ha hecho que la chinche besucona aparezca en zonas donde antes era impensado hallarla: en Bogotá, en el altiplano cundiboyacense, incluso en regiones a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar.

Esta expansión no es solo geográfica, sino también ecológica. Nuevos nichos se abren cuando los paisajes naturales se transforman. La agricultura industrial, especialmente con cultivos como la palma aceitera, ha creado ambientes propicios para los vectores. Estudios recientes muestran una correlación directa entre estos monocultivos y el aumento de infecciones por T. cruzi en la región de la Orinoquia.

A esto se suman vías de transmisión que no dependen del insecto: brotes por consumo de jugos contaminados, transfusiones sanguíneas sin control previo, o transmisión de madre a hijo durante el embarazo.

Avances parciales y desafíos estructurales

Aunque hay avances concretos —como la certificación de municipios libres de transmisión vectorial intradomiciliaria o el tamizaje obligatorio de sangre donada—, los desafíos siguen siendo enormes. Los especialistas coinciden en que sin diagnóstico temprano, el tratamiento es menos efectivo. Y ese diagnóstico, en muchos lugares, ni siquiera se busca.

“No se puede tratar lo que no se conoce”, resume el infectólogo David Salcedo. Según él, la clave está en formar al personal médico, generar campañas de información, y garantizar acceso al testeo en zonas de riesgo. Pero también se necesita voluntad política para abordar la enfermedad como lo que es: una manifestación de profundas desigualdades sanitarias y ecológicas.

Salud y ambiente: una misma trama

La expansión del Chagas no puede entenderse aislada de los procesos de deforestación, crisis climática y deterioro ambiental. Lo que parecía un problema exclusivamente sanitario hoy revela un entramado mucho más amplio, donde la intervención humana sobre la naturaleza genera condiciones ideales para que las enfermedades zoonóticas prosperen.

En este sentido, organizaciones como Greenpeace Argentina vienen alertando desde hace años sobre los efectos sanitarios del modelo agroexportador y extractivista. Los desmontes, la pérdida de hábitats y el uso intensivo de agroquímicos no solo afectan al medioambiente: también impactan en la salud humana, creando un escenario propicio para la expansión de enfermedades como el dengue, la fiebre hemorrágica y, por supuesto, el Chagas.

Pensar en salud ya no puede limitarse a hospitales o campañas de vacunación. Implica mirar el territorio, los vínculos entre especies, los patrones de consumo y producción. El Chagas, en ese sentido, es una alarma que nos obliga a replantear cómo habitamos el planeta.