
En un mundo inundado por los residuos plásticos, donde cada año se producen más de 400 millones de toneladas métricas y menos del 10 % logra ser reciclado, el artista Erik Jon Olson decidió transformar la basura en belleza.
Desde su taller en Minnesota, cose capa sobre capa de envoltorios plásticos hasta convertirlos en colchas de gran formato que no solo adornan las paredes, sino que lanzan una advertencia urgente.
Olson, diseñador gráfico de formación y publicista durante años, nunca imaginó que terminaría cosiendo con la vieja máquina de su abuela materiales destinados al tacho de basura. “Un amigo me mostró que se podían reutilizar para fabricar objetos funcionales. Me pidió que hiciera la marca de su emprendimiento… y terminé llevándome los recortes a casa”, recuerda. Así empezó una etapa nueva: la del arte como activismo.
El arte donde el medio es el mensaje
Las obras de Olson no son convencionales. Están hechas con entre 8 y 12 capas de plásticos de un solo uso: envoltorios de alimentos congelados, bolsas, empaques. “No le agrego color; es el color del plástico lo que salta a la vista”, explica. Y esa estética lúdica, casi infantil, atrapa la mirada antes de que el mensaje se revele con crudeza.
Una de sus piezas más potentes se titula Now Streaming. En ella, un banco de peces nada en forma de símbolo del infinito mientras detrás se insinúa un vaso sanguíneo y una red. “Representa cómo el plástico que llega al océano se convierte en microplásticos, luego en nanoplásticos, y termina en nuestro torrente sanguíneo… incluso en nuestro ADN”, cuenta. La metáfora es tan contundente como el material del que está hecha.
Otra obra, titulada Not As Green As You Think, ironiza sobre el engaño del reciclaje. “Usé símbolos del uno al siete —las categorías de plástico— desordenados, como un mar de logos que parecen prometer reciclaje, pero no lo garantizan”, dice.
Del diseño al compromiso ambiental
Después de renunciar al mundo publicitario en 2005, Olson volcó su ansiedad ecológica en piezas que fusionan crítica y belleza. Se propuso no tirar más plástico: todo lo que genera lo incorpora a su trabajo. Incluso creó esculturas tridimensionales usando recortes como relleno de una “salchicha de cuerda” transparente, atada con un nudo de ancla, símbolo de lo que lo agobia: el plástico.
“El arte tiene un poder transformador. En comunidades donde se intervienen espacios abandonados con murales o áreas verdes, baja el crimen y se renueva la esperanza”, afirma. Su objetivo es ese: provocar una reflexión urgente, pero también sembrar algo de belleza en medio del caos.
Como él mismo resume: “Intento atrapar con lo lúdico para luego dar el golpe con el mensaje. Es una belleza torcida. Pero necesaria”.