
El valor económico es expresado usualmente en un precio, sea por las vías clásicas de la disponibilidad a pagar o aceptar una indemnización, o por medios indirectos de valuación contingente. Pero se va mucho más allá, y el valor económico parecería expresar la esencia de todo valor posible en la Naturaleza. Es que esta postura además reclama que otros posibles atributos se pueden expresar, traducir o convertir en un valor económico. Por lo tanto, se hace posible postular una conmensurabilidad perfecta entre distintos valores (por ejemplo, convirtiendo atributos ecológicos o culturales de un sitio en valores económicos). La conmensurabilidad entiende que valores que se expresan en distintas escalas pueden ser traducibles a una misma escala de valoración. En estos casos la escala usual es monitorizada, como puede ser un valor en dólares. El valor económico sería como un receptáculo que, según esa postura, permitiría expresar en una sola escala la esencia de los principales atributos del entorno.
Esto explica que la valoración económica encierre problemas mucho más profundos que los aceptados comúnmente. Es que no sólo prevalecen las valoraciones económicas, sino que se ha aceptado que las esencias de las especies y los ecosistemas pueden ser comparadas de manera rigurosa y efectiva en una misma escala económica, expresada en el precio. El mito de esta conmensurabilidad perfecta se ha expandido, sobre todo en las políticas de gestión ambiental. Existe una larga lista de estudios y ensayos que tratan de buscar el valor económico de una especie, de una hectárea, de uno u otro tipo de ecosistema, o incluso de ciertas dinámicas de los ecosistemas. En ética, distintos autores han reconocido esta particularidad, incluso agrupándolas en campos propios de las artes, ciencia, religión, economía, política, etc. (véase Frankena, 2006). A su vez, dentro de una misma dimensión las personas defienden distintas posturas (por ejemplo, habrá a quienes guste más o menos un paisaje, y otros estarán dispuestos a pagar más o menos por un recurso natural). Los ecólogos también ponen en evidencia que los valores ecológicos son, a su vez, diversos. Esto sucede, por ejemplo, con la identificación de especies en peligro para una zona, los niveles de endemismo, el señalamiento de procesos ecológicos inusuales, etc. No olvidemos tampoco que distintos pueblos indígenas otorgan valores todavía más complejos al ambiente, donde algunas especies o incluso montañas o bosques, están revestidos de personalidad propia.
Todo esto hace que la utilidad práctica del reduccionismo al valor económico deba ser cuestionada. Es más, se debe sostener que la Naturaleza es una categoría plural, y por lo tanto expresada en múltiples valoraciones, consecuentemente es inconmensurable (estos puntos se analizan en más detalle en Gudynas, 2004). Establecida la valoración múltiple de la Naturaleza, la cuestión no está en decidir cuál sería el valor esencial que podría resumir a todos los demás, o pretender una única escala donde ubicar a toda esa variedad. Esas y otras valoraciones deben ser entendidas cada una en sus propias dimensiones y en marcos culturales específicos. Por lo tanto, la postura de partida siempre exige atender una variedad de valoraciones; no es posible escapar de esa condición. No existe un monopolio de un tipo de valoración que permita excluir o suplantar otras, ni es posible defender una conmensurabilidad perfecta entre diferentes escalas de valor, como se pretende sostener desde el antropocentrismo utilitarista. Por el contrario, la Naturaleza solo puede entenderse desde esta pluralidad de valores, en la que cada uno de ellos aporta un tipo de evaluación, una cierta sensibilidad. En cambio, a medida que esa pluralidad de valores se incrementa, mejora y se hace más compleja la apreciación del entorno. A su vez, el debate político y la toma de decisiones se vuelve más representativa y participativa.
Varios de los ejemplos precedentes se refieren a valores originados en los seres humanos. Por ejemplo, la dimensión estética o histórica depende de las valoraciones de las personas, ya que son ellas las que sienten o juzgan un sitio como hermoso o no, o su vinculación a un hecho pasado relevante. Esas valoraciones son antropogénicas, en el sentido de originarse en las personas, aunque no necesariamente son parte del antropocentrismo en el sentido descrito antes, ya que no siempre están amarradas a la utilidad, el control o la manipulación. Esta diversidad hace posible dar un paso más para reconocer valores que son propios de la Naturaleza.
También deben considerarse a quienes postulan un biocentrismo donde el valor intrínseco es propio y objetivo de los objetos en el ambiente, independientemente de cualquier intervención humana, incluidos los aportes de ecólogos o cualquier otro. La figura prominente en esta propuesta es Holmes Rolston III (por ejemplo, Rolston,1986). Mientras que algunas de las otras posiciones, si bien son biocéntricas, entienden los valores de manera en parte subjetiva, Rolston, en cambio, apela a un sesgo más radical, en tanto los valores son objetivos, propios de los seres vivos. En esto se asemeja a la postura de Taylor antes comentada, pero la diferencia está en que Rolston no es individualista, sino que ubica esos valores propios particularme en especies y ecosistemas. Bajo esta concepción, la Naturaleza ocupa un papel central, aunque se introduce otro énfasis clave: si bien es entendida de una manera extendida y ampliada también incluye a la sociedad. Dicho de otra manera, tal como lo entiende Rolston, la cultura y las sociedades humanas se insertan dentro de la Naturaleza. Sostiene que esa Naturaleza ampliada es la que alberga los valores, y los humanos expresan algunos de ellos, pero otros valores se encontrarían en otros seres vivos como plantas o animales. De esta manera, la objetividad está basada en un valor “natural” que es relacional en un sentido ecológico, aunque está restringida a los seres vivos (los elementos no vivos, según Rolston, sólo tienen valores instrumentales y no intrínsecos).

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