Todo sobre los capibaras, aliados de la biodiversidad sudamericana

Carpincho de pie en un área verde junto a una botella plástica tirada en el suelo.

Los capibaras (también conocidos como carpinchos) son los roedores más grandes del planeta. En su edad adulta pueden llegar a medir más de un metro de largo y pesar hasta 60 kilos. Gracias a sus cuerpos compactos, su pelaje áspero y sus patas palmeadas se adaptan perfectamente a los lagos, estuarios o ríos de países como Argentina, Brasil, Colombia o Venezuela. 

Pero debido al avance de la frontera inmobiliaria sobre sus hábitats, han comenzado a aparecer en zonas urbanas. Por ejemplo en Nordelta, un barrio privado construido sobre un área ganada al río en el delta de la provincia de Buenos Aires, en Argentina.  

Cuando se encuentran en estado silvestre, los capibaras suelen vivir en grupos de entre 5 y 20 individuos que cooperan entre sí tanto para protegerse como para reproducirse. De hecho, todas las hembras pueden amamantar a las crías del grupo. Esto no solo garantiza que los cachorros sobrevivan sino que además fortalece los lazos sociales de la manada. 

Capibaras: mucho más que caras bonitas

Más allá de la imagen simpática que ha hecho que estos roedores se conviertan en celebridades en las redes sociales, peluches e íconos de miles de productos, los capibaras cumplen roles esenciales para el desarrollo de los ecosistemas que habitan. Al consumir grandes cantidades de vegetación, ayudan a controlar el crecimiento del pasto. Esto hace que se generen “microambientes” donde otras especies pueden desarrollarse, promoviendo la biodiversidad.

Anfibios, aves, roedores más pequeños y hasta reptiles aprovechan estos lugares de pasto más corto para alimentarse, esconderse o reproducirse. Esto permite que los ríos y estuarios sean más resilientes a los cambios de clima, los incendios forestales (ya que se limita la disponibilidad de material inflamable) y las actividades humanas. 

A esto se suma su sistema digestivo poco eficiente, que los obliga a defecar con frecuencia y en abundancia. Pero lejos de ser un problema, sus excrementos aportan nutrientes esenciales al suelo y fomentan la actividad de insectos, hongos y microorganismos.

Ciudades que usurpan sus territorios

A medida que las ciudades crecen van expandiéndose sobre áreas naturales. Esto ha generado que muchas poblaciones de capibaras queden encerradas. Gracias a sus características, la mayoría ha logrado adaptarse, instalándose en parques, lagunas artificiales y campos de golf, como ocurrió en zonas residenciales de Nordelta. 

Las imágenes de estos animales caminando entre los autos, cruzando las calles o descansando en los jardines de las casas generó polémicas sobre la planificación urbana y la domesticación. El mayor problema tiene que ver con aquellos humanos que se quejan del comportamiento de los capibaras: los acusan de romper cercos, alimentarse de las plantas o generar accidentes de tránsito. Pero estas personas se olvidan que estos inconvenientes son el resultado de la invasión que las actividades inmobiliarias han hecho del territorio de estos animales. 

Por este motivo, miembros de organizaciones ambientalistas como Greenpeace insisten en que los gobiernos de los países sudamericanos tengan en cuenta a la fauna silvestre al construir nuevos emprendimientos. Además, es importante que se creen corredores biológicos y reservas naturales dentro de las ciudades para garantizar el bienestar de estos y otros animales. 

De la popularidad al riesgo de domesticaciónEl hecho de que, en los últimos años, los capibaras se hayan vuelto virales conlleva un grave peligro para la especie. Las imágenes del animal tierno que recibe caricias o convive con otras especies ha alimentado la industria del merchandising, que no duda en adornar peluches, remeras, tazas y hasta emojis con caricaturas de estos roedores.

Esto ha hecho que, en algunos países, se haya comenzado a criarlos en cautiverio para venderlos como mascotas exóticas. Pero es importante saber que se trata de una especie que puede morder si se siente amenazada, que necesita de espacios amplios, lugares con mucha agua y un entorno social de varios individuos para sobrevivir. Por lo que tenerlos como animales de compañía, pone en riesgo no solo a la especie, sino a toda la biodiversidad de sus entornos.