Calentamiento global: acabamos de vivir la década más caliente jamás registrada

Activistas con trajes rojos observan una línea de fuego encendida en una carretera durante una protesta al atardecer, destacando el peligro de los combustibles fósiles.

El planeta ha entrado en una fase crítica de su historia climática. Así lo afirma el más reciente informe publicado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que señala que los últimos diez años han sido los más cálidos de los que se tiene registro. El año 2024, en particular, quedó marcado como el de mayor temperatura global registrada, consolidando una tendencia que no muestra signos de desaceleración. Este nuevo hito en la crisis climática se da en un contexto de emisiones de gases de efecto invernadero que siguen aumentando año tras año, alimentando un ciclo de retroalimentación que compromete la estabilidad ambiental, social y económica en todo el mundo.

La década más calurosa registrada confirma un patrón peligroso

Durante la última década, el calentamiento global no solo se sostuvo: se intensificó. Así lo reveló el informe más reciente de la OMM, que confirmó que los diez años comprendidos entre 2014 y 2024 fueron los más calurosos jamás medidos. Según los registros oficiales, el año 2024 superó a todos sus predecesores, convirtiéndose en el más cálido de la historia. Esta aceleración del calentamiento no puede separarse del aumento continuo de las emisiones de gases de efecto invernadero, que año tras año baten sus propios récords, sin que se logre un freno efectivo.

El documento advierte que no se trata de un episodio aislado. Se proyecta que entre 2025 y 2029, hay un 80 por ciento de probabilidad de que al menos uno de esos años supere incluso la temperatura alcanzada en 2024. Además, los científicos consideran muy probable –con una estimación del 70 por ciento – que el promedio de calentamiento durante ese quinquenio supere el umbral de 1,5 °C respecto de los niveles preindustriales. Cruzar esa línea implica entrar en un terreno de consecuencias más graves y difíciles de revertir.

El impacto del calentamiento global se amplifica en cadena

El informe no solo aporta números: también traza una imagen precisa del daño que implica cada incremento de temperatura, por pequeño que parezca. La comunidad científica alerta que cada décima de grado adicional tiene un impacto real en la frecuencia y la intensidad de los fenómenos climáticos extremos. Las olas de calor se vuelven más largas y peligrosas, las lluvias intensas aumentan el riesgo de inundaciones y las sequías prolongadas reducen la disponibilidad de agua dulce.

Además, este patrón de calentamiento contribuye a una aceleración en la pérdida de hielos polares, glaciares y mantos de nieve. El deshielo no solo modifica el paisaje ártico: también eleva el nivel del mar, altera los sistemas marinos y aumenta la temperatura de los océanos. Esto da lugar a un efecto dominó en el que se ven comprometidos los ecosistemas, las economías locales, el acceso a recursos básicos y el desarrollo sostenible.

El Ártico como zona de alerta temprana

Uno de los aspectos más inquietantes del informe tiene que ver con el ritmo de calentamiento desigual en distintas zonas del planeta. Según la OMM, el Ártico continúa registrando aumentos de temperatura superiores al promedio global. Esta aceleración del deshielo no es solo una catástrofe local: altera las corrientes oceánicas, afecta la biodiversidad y tiene implicancias climáticas globales.

La vulnerabilidad del Ártico actúa como un amplificador de la crisis. A medida que se pierde hielo, la superficie blanca que reflejaba el calor del sol es reemplazada por agua oscura que lo absorbe, aumentando aún más el calentamiento en un ciclo difícil de frenar. Además, al liberar gases atrapados como el metano, se potencia el efecto invernadero. La estabilidad climática global depende en parte de lo que ocurre en esa región, que hoy se comporta como un barómetro de la emergencia.

Expectativas depositadas en la COP30 de Brasil

Frente a este panorama, la OMM expresa su esperanza de que la próxima cumbre climática pueda marcar un punto de inflexión. En noviembre se celebrará la 30° Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30) en la ciudad brasileña de Belém. Allí, los gobiernos deberán presentar planes actualizados para enfrentar la crisis climática, una oportunidad que llega en un momento clave.

El desafío no es menor: se trata de diseñar estrategias que reduzcan de forma efectiva las emisiones globales, protejan los ecosistemas y aseguren una transición justa que no deje a nadie atrás. La urgencia está sobre la mesa. Los compromisos asumidos hasta ahora han resultado insuficientes, y la COP30 aparece como un espacio decisivo para corregir el rumbo.

Adaptar las ciudades y regenerar la naturaleza como prioridad

Desde Greenpeace se insiste en que la adaptación al cambio climático debe abordarse con mayor profundidad, especialmente en los entornos urbanos donde vive la mayor parte de la población. Según la organización, muchas ciudades ya han perdido las transiciones estacionales, pasando abruptamente de temperaturas invernales a condiciones de verano extremo. Esta pérdida de estaciones medias, como la primavera y el otoño, deja a la población más vulnerable expuesta a condiciones extremas sin tiempo para adaptarse.

La organización ambiental remarca que no se trata solo de plantar árboles: se necesita regenerar ecosistemas completos, preservar los espacios verdes existentes y ampliar las superficies permeables. Estas medidas, si se aplican con enfoque estructural, pueden contribuir tanto a reducir las emisiones como a disminuir los riesgos asociados al aumento de eventos extremos.

Pero las soluciones ambientales deben ir acompañadas de medidas sociales. Greenpeace plantea que las respuestas deben considerar la desigualdad, ya que los sectores más pobres son los que más sufren las consecuencias de la emergencia climática. Por eso, insisten en que la justicia ambiental debe ser uno de los ejes de las políticas públicas del presente y el futuro.

Los datos del nuevo informe de la OMM no son solo estadísticas: son un llamado urgente a cambiar el rumbo. No hay espacio para seguir postergando decisiones difíciles. Si las temperaturas siguen en aumento, si los hielos retroceden, si las ciudades colapsan por la falta de sombra, agua y refugio, el precio lo pagará toda la humanidad. El momento de actuar no es dentro de diez años ni después de la próxima cumbre: es ahora, y cada grado que se logre evitar será un alivio para los millones que ya viven en la frontera del colapso.