
Jugando con el doble significado de la palabra «económico», el economista ecológico estadounidense Herman Daly introdujo hace décadas el término acrecimiento antieconómicos para destacar que el crecimiento, tal como se mide, a veces genera más costes que beneficios. Un libro muy influyente en este sentido es Prosperidad sin crecimiento (2009), de Tim Jackson, profesor de desarrollo sostenible en la Universidad de Surrey. La idea de desvincular completamente la prosperidad económica del crecimiento no es en absoluto nueva y, aunque aún suena para muchos casi como una herejía, está ganando terreno en el debate público. La propia expresión e crisis económica» debería revisarse. Tendría que identificarse con unas Condiciones económicas generadoras de desempleo, miseria o inestabilidad, que suponen una amenaza económica para la calidad de vida, y no asociarse a nulo o escaso crecimiento económico.
Desde principios del siglo xxi existe en Europa, sobre todo en Francia, Italia y España, un movimiento de activistas y también académicos, minoritario pero influyente, que defiende abiertamente el «decrecimiento». En efecto, se pueden imaginar escenarios futuros, especialmente en los países ricos, deseables desde ell punto de vista social y ecológico que, al mismo tiempo, comportarían disminuciones del PIB. Esos escenarios se identifican con menor compulsión por el consumo de bienes materiales y mayor durabilidad de los productos; con más bienes colectivos para dar servicio a mucha gente; con menores jornadas de trabajo remunerado y un reparto más equitativo de los trabajos domésticos y de cuidados. Por supuesto, el decrecimiento económico, como sucedió después de 2008 en diversos países, puede ser también resultado del desempleo masivo, del recorte de prestaciones públicas y del aumento de la carga de trabajo doméstico, que recae básicamente sobre las mujeres. Por otro lado, la transición hacia un futuro más igualitario y sostenible exigirá fuertes inversiones en energías renovables y el aumento de algunos gastos públicos.
Si la producción es un medio y no un fin, no debería importar si el PIB (que mide una parte de los bienes y servicios que se producen en una sociedad) aumenta o disminuye, sino si la evolución económica, social y ecológica es deseable o no lo es. A pesar de todas las resistencias, la consecuencia lógica de las críticas al objetivo del crecimiento es el abandono del uso del PIB como indicador de éxito económico. Se requieren nuevos indicadores para valorar la mejora o el empeoramiento o económico. Ha habido intentos bienintencionados de corregir o sustituir el PIB o la Renta Nacional por otros indicadores alternativos de bienestar e incluso de bienestar sostenible. Sin embargo, parece razonable concluir que el bienestar y la sostenibilidad son conceptos tan complejos que no se pueden resumir en un número. Una alternativa más viable para orientar la acción política es contar con un conjunto más amplio de indicadores económicos, sociales y ambientales. Qué indicadores y qué importancia otorgar a cada uno de ellos es un interrogante sin una respuesta técnica. La solución habrá que buscarla en el debate social.
Como ya se ha visto, las preferencias de consumo no se originan en el vacío, sino que son un resultado cultural y, en gran medida, fruto de una de las más importantes industrias del capitalismo: la publicitaria, con funciones informativas y, sobre todo, de persuasión que muchas veces generan insatisfacción. La preocupación por la sostenibilidad ha llevado a plantear la conveniencia de poner más límites a la publicidad, como, por ejemplo, cuando invade el espacio público o las viviendas y las vidas privadas. En estos casos, una mayor regulación no debería verse como una restricción a la libertad de empresa, sino más bien como una protección de las personas.
La educación ambiental es un factor que puede actuar en sentido contrario a la presión consumista. Y no se trata solo de la educación transmitida por las familias o impartida desde las escuelas y administraciones públicas. En las sociedades consumistas, un elemento importante es el efecto ejemplificador que pueden tener las formas de vida y de consumo de colectivos que adoptan una filosofía de «simplicidad voluntariado y demuestran en la práctica cómo es posible vivir bien de forma diferente. Tal iniciativa minoritaria difícilmente cambiará por ellas mismas las tendencias generales, pero, además de los efectos directos que provoquen, pueden contribuir a cuestionar los valores dominantes y a facilitar el desarrollo de políticas que lleven a estilos de vida menos insostenibles que los actuales.
Es indudable que buena parte de los efectos del cambio climático son ya inevitables y es posible que, dentro de las respuestas a la situación, algunas alternativas moderadas de «ingeniería» como cubrir alguna superficie de hielo con materiales reflectantes o acumular carbono en la vegetación a pequeña escala puedan tener un papel positivo. Sin embargo, pensar que la solución para combatir los problemas de un experimento global la alteración de la composición de la atmósfera es acudir a otros experimentos a gran escala que cambien también la composición de la atmósfera o de los océanos puede ser tranquilizador para algunos, pero para los que aplican el principio de precaución resulta inquietante.
